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La futilidad de discutir

Hace unos días, recibí una llamada de Gas Natural, fue más o menos así:


- Buenas tardes, le llamamos de Gas Natural... 
- ...Ah, hola...
- Queríamos hacerle una oferta en la contratación de su electricidad.
- Lo siento, pero no me interesa, estoy con Holaluz porque me garantizan que la energía que consumo proviene de fuentes renovables y limpias.
- ¿No te interesa aunque sea más barata nuestra tarifa?
- No, aunque sea más barata, no me interesa si es energía sucia.


Este comercial de Gas Natural daba por supuesto que si me hacía una oferta económica lo suficientemente tentadora yo renunciaría a mi conciencia y contrataría sus servicios. En otro momento de mi vida, menos sereno y calmado, me hubiera indignado y me habría enzarzado en una discusión con él; pero hace tiempo que comprendí que con ciertas personas no merece la pena hacer el esfuerzo de discutir porque, para que la discusión sea fructífera y se pueda llegar a un entendimiento, por mínimo que sea, es necesario que los dos interlocutores hablen la misma lengua o, al menos una parecida. En caso contrario, como era éste, discutir sólo sirve para perder el tiempo y enconar las posturas opuestas.

Es curioso que esta capacidad de adoptar la postura de "no discutir cuando es inútil" la haya alcanzado hace relativamente poco, pues hace ya muchos años desde que me encontrara por primera vez con una cita de Walter Benjamin (el filósofo alemán,que falleció en la frontera tras serle negado el paso a España mientras huía de los nazis) que, a parte de intrigarme, debería haberme puesto sobre la pista: "Para hombres, es inútil convencer". 

Me sigue intrigando ese "para hombres", porque no creo que sea únicamente útil para los hombres y tampoco creo que Benjamin utilice "hombres" como genérico en lugar de "humanos" o "personas"; pero hace ya algún tiempo que comprendí ese "Es inútil convencer" y os tengo que confesar que se trata de una experiencia liberadora. 

Como filósofo, pienso que el debate es el modo que tenemos para que nuestras mentes se sincronicen con las mentes de otros y potencien su capacidad razonadora. Sin embargo son muy pocas las veces en las que el debate o la discusión se utilizan con ese fin. En la mayoría de ocasiones, una persona sostiene una opinión no porque la haya adoptado como la mejor después de una larga deliberación, sino porque la ha hecho formar parte de su identidad. Por ejemplo, los aficionados al Barça sostienen que éste es el mejor Club de fútbol del mundo, mientras que los aficionados del Real Madrid sostienen que se trata de este último. Por mucho que se discuta con los unos o los otros acerca de la posibilidad de que se estén equivocando, la discusión no llevará a ningún punto, puesto que la conclusión de unos u otros está sentada de antemano y es inamovible. 

El problema de estas opiniones sostenidas en base a la identidad de cada cual, en lugar de a su razón, deviene trágico cuando lo trasladamos de la esfera de los deportes a la esfera de la política. Ésta, que debería ser el reino más puro de la razón y la argumentación coherente, se convierte entonces en una muestra de despropósitos donde las decisiones no se toman nunca en base a argumentos racionales, sino en base a identidades viscerales. 

En fin, que con el tema de la llamada telefónica pensé que, en lugar de perder el tiempo con una persona que hubiera sido incapaz de comprender que para mí mis valores estaban por encima del dinero, sería mejor trasladar la discusión a este blog, para que mis lectores, que hablan la misma lengua que yo, saquen algún beneficio de mi experiencia.
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