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Campo de batalla o de juego

En la literatura educativa existe una cierta tendencia a referirse a los educandos, ya sean hijos o alumnos, como pequeños tiranos a los que hay que poner límites, por su bien y por el nuestro. De este modo, el proceso educativo adquiere tintes apocalípticos, como si se tratara de la mismísima lucha entre el bien, encarnado por padres o profesores, y el mal, encarnado por los díscolos infantes que, de permitírseles, destruirían el mundo.

La escuela, ¿campo de batalla o de juego?
Llamo a esta idea el paradigma de la educación como campo de batalla. Recuerdo que "paradigma" hace referencia a las creencias sobre cómo es el mundo o una de sus partes. En este sentido es comparable a "cosmovisión" aunque puede ser aplicado en un sentido más restringido, como en este caso en el que lo utilizo referido sólo al ámbito educativo. Los paradigmas tienen su lado positivo, puesto que nos permiten explicar ciertos fenómenos, pero también tienen su lado negativo por cuanto que no nos dejan ver los fenómenos que no pasan a través de su estructura de red. Podríamos compararlos a preconcepciones que nos ayudan a operar en la realidad pero que nos impiden verla cuando ésta no se adapta a ellas.

En el caso que nos ocupa, el paradigma de la educación como campo de batallan nos permitirá explicar todas las conductas violentas en clase o en casa provenientes de los niños, no nos va a permitir, sin embargo, explicar su naturaleza esencialmente bondadosa de los educandos. Y digo esto último con toda conciencia, pues la naturaleza esencialmente bondadosa de hijos o alumnos es el fenómeno más importante que tiene lugar en el proceso educativo. Y si no me creéis intentad poneros por un momento en la piel de los infantes o los adolescentes, atendiendo durante horas las explicaciones sobre asuntos que no les interesan demasiado mientras arden en deseos de salir a jugar o hablar con sus compañeros o las hormonas les conducen la mente hacia la chica o chico que les gusta... Con todos estos asuntos en la cabeza, llegan los padres o profesores y les dicen "No, reteneros, tenéis que atendedme a mí que soy quien sabe lo que os conviene" y en la mayoría de los casos, ellos y ellas lo hacen, se retienen y atienden pacientemente.

Y que no se me malinterprete, no estoy diciendo que se les deba permitir asalvajarse. Creo firmemente en la educación transmitida por los adultos a los más jóvenes, bien impartida es una manera de facilitarles las cosas en el futuro, de añadir a su desarrollo mucho más de lo que podrían obtener por sí solos e incluso de hacerles pasar un buen rato en el presente. Lo único que digo es que hay que aprender a ponerse en su piel y comprender por qué en ocasiones hacen ciertas cosas que pueden no gustarnos. Es más, creo que hay que aprender a comprender que en muchas ocasiones, como describe el efecto Pigmalión, son nuestras expectativas de que va a haber enfrentamiento en clase o en casa las que acaban por provocarlo.

Creo que la única manera de enseñar correctamente consiste en formar parte del proceso educativo, no como ese ente que transmite información delante de unos receptores pasivos, eso puede hacerlo mejor que ningún profesor una herramienta inanimada como un libro, un vídeo o Internet, sino como una parte más en la creación y el procesado del conocimiento que se establece en clase, simplemente que con más trabajo y responsabilidad que el alumnado, porque para algo uno es el adulto y el encargado de seleccionar aquello sobre lo que se va a hablar en clase. Dicho de otro modo, la única manera de enseñar correctamente consiste en sustituir el paradigma de la educación como campo de batalla por el paradigma de la educación como campo de juego. En este nuevo paradigma, los profesores o padres no se enfrentan a los infantes para hacerlos someterse al aprendizaje, sino que colaboran con ellos en su desarrollo, haciéndolos partícipes de una actividad que, en último término, debe ser gratificante para todos.

Podría criticárseme que he sustituido un paradigma por otro, pero es que es así como funciona la ciencia y avanza el conocimiento, sustituyendo paradigmas caducos por otros más útiles y productivos... Y además, ¿quién puede preferir un campo de batalla a un campo de juegos?
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