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Una lección de guitarra para la vida

Hace unos días, me encontré con este vídeo:



Me saltó casi por casualidad, después de ver algún vídeo de Jason Becker y como Marty Friedman (su compañero en Cacophony y posteriormente guitarra solista de Megadeth) es también un guitarrista al que admiro, permanecí atento a los consejos que daba acerca de la práctica diaria con la guitarra.

Lo que es más interesante por su aplicación a la vida diaria es lo que Friedman dice a partir de 58":
<<Muchos guitarristas pierden una barbaridad de tiempo practicando cosas porque sus amigos las están practicando o porque creen que hacerlo los hará ser mejores guitarristas. Sin embargo, lo único que necesitas aprender es la música que te gusta. Concéntrate en la música que te gusta y si es música difícil, entonces por supuesto vas a tener que ir aprendiendo cosas más simples antes, pero aun así, prueba a encontrar música que te guste que no sea tan difícil en guitarra como para no poder tocarla, de modo que te sientas motivado al aprenderla y tocarla... No aprendas lo que crees que te va a hacer mejor, aprende lo que te gustaría escuchar y así disfrutarás mucho más de tu práctica con la guitarra>>.

Desde pequeños se nos enseña a postergar la gratificación: antes de comerte el pastel te tienes que comer las espinacas, antes de ver la tele, tienes que hacer los deberes, antes de salir a la calle debes recoger tu habitación. Esto en un principio no debería tener nada de malo, pues es en el control de nuestros impulsos donde reside nuestra humanidad. Sin embargo, el hecho de plantearlo todo sistemáticamente desde esta perspectiva hace que comer las espinacas, hacer los deberes y recoger la habitación se conviertan en una especie de precio/castigo que se ha de pagar para poder acceder a las actividades gratificantes de comerse el pastel, ver la tele y salir a la calle; en lugar de verse como las actividades positivas que son en sí mismas.

En el vídeo, Friedman se refiere a los interminables ejercicios de escalas, técnica y mecanismos que se suelen hacer al aprender un instrumento. Su idea es que todos estos ejercicios son inútiles porque no se pueden disfrutar y acaban por producir tedio, lo cual conduce a una mala práctica, lo cual conduce a una pérdida de tiempo lo cual, en muchos casos, acaba por producir el abandono del instrumento. En cambio, cuando uno tiene en mente el deseo de tocar algo concreto, porque le gusta, porque lo disfruta, quizá acabe haciendo ese mismo tipo de ejercicios, pero lo hará de manera paulatina, integrándolos en su práctica y no como un precio/castigo que se ha de pagar previamente para que a uno lo acaben por dejar tocar aquello que le gusta.

Volviendo al ejemplo anterior, aunque el resultado final sea el mismo (por ejemplo, que te acabes comiendo las espinacas) es muy diferente hacerlo como peaje para poder hacer otra cosa distinta, que hacerlo con el convencimiento de que es bueno para tu salud. En el primer caso, si se nos presenta la oportunidad de evitarlo, lo esquivaremos sin ningún tipo de escrúpulo, en el segundo, en cambio, al tener claro que es algo bueno en sí mismo, lo haremos de todos modos, con independencia de que podamos evitarlo o de que no nos estén vigilando.

Los niños deberían ser educados en el convencimiento de que las materias que se les enseñan en la escuela no son un prerrequisito para que finalmente puedan dedicarse a aquello que en realidad les interesa (la carrera universitaria o el empleo que les inspire); sino que son unos conocimientos buenos y necesarios en sí mismos. El problema es que para que esto sea efectivo, los conocimientos tienen que ser en efecto buenos y necesarios en sí mismos y no un medio para retenerlos durante años antes de permitirles acceder a los estudios (o el trabajo) que en realidad les interesa. 

Hace unas semanas, una de mis alumnas me preguntaba, muy seria, que por qué tenían que estudiar gramática. Sé que muchos de mis compañeros le hubieran soltado una perorata acerca de la importancia de la gramática para expresarse y escribir correctamente y sin errores; sin embargo, yo tuve que reconocerle que tenía razón ¿Para qué diantres quieren estudiar la gramática de su lengua materna cuando, sin conocerla, ya la utilizan perfecta y correctamente? De algún modo, la presunción académica que lleva a programar este tipo de temáticas en la educación obligatoria viene a ser la misma que tendría una asignatura que intentara explicarles a los alumnos cómo deben hacer para que bata su corazón.

Lo peor de todo es que cuando se comienza a analizar la programación de las materias con las que se bombardean a los jóvenes durante todo su periodo formativo, y uno mismo intenta ver qué es lo que recuerda de todo aquello, se acaba teniendo la impresión de que la mayor parte del contenido de las materias es más bien un cúmulo de temas listos para entretener al alumnado durante años, que un corpus coherente de conocimiento que los pueda enriquecer como personas.

Desde nuestra posición como individuos, no podemos hacer demasiado para cambiar el sistema educativo en las reformas profundas que necesitaría. Podemos, eso sí, en tanto que profesores intentar aportar el mayor valor posible a las clases que demos, intentando hacerles lo más liviana posible a los alumnos la carga de temas no relevantes para su desarrollo personal; en tanto padres, por otro lado, podemos relativizar al máximo el valor de las notas que nuestros hijos traen a casa y, en tanto estudiantes, ya seamos menores o adultos, podemos poner en tela de juicio todo aquello que se nos enseñe que no nos ayude a mejorar como personas. 

Volviendo a la alegoría guitarrística, quizá tengamos que practicar algunos ejercicios tediosos y aburridos para un examen, pero no debemos perder de vista que el objetivo final de todo aquello debe ser hacer música (vivir) y, concretamente, la música (vida) que nos entusiasma. 
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