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Full-Frontal Nudity (o sobre cómo escribo)

Un poco de desnudez nunca está de más: levanta los ánimos, excita las conciencias y nos consuela de muchas de las penas de existencia humana. Así que mientras escribía el artículo de esta semana y al encontrarme con una dificultad inesperada, he pensado qué mejor que regalar a mis lectores y lectoras, a los que aprecio tanto con un desnudo... mental. 

Vale, vale, quizá no sea eso lo que esperabais los que habéis entrado aquí guiados por la sensualidad de la foto de portada, pero qué se le va a hacer, ¿No había un dicho que era algo así como que en el amor y a la hora de atraer lectores a tu blog todo vale? 

En fin, ahora en serio, hoy estaba escribiendo un artículo que iba a hablar acerca de los peligros de la creatividad. Partía de la idea de que la creatividad aun cuando beneficiosa para la sociedad en general representa un problema para las personas creativas, por cuanto no les deja vivir una existencia completamente normal. Hace tiempo leí que los niños muy creativos, por ejemplo, tendían a tener más miedos nocturnos porque eran más capaces de imaginar situaciones diferentes que pudieran causarles terror. Así que con estas ideas en mente comencé a escribir el borrador de aquí abajo:

<<La creatividad en sí misma no tiene porqué ser nada malo, al contrario, es el medio por el que la sociedad avanza, ya sea en lo artístico, cultural y social, ya en lo científico y filosófico. Sin embargo, si echamos una ojeada rápida algunos de los personajes más creativos de los últimos siglos (como por ejemplo: W.A. Mozart, L.V. Beethoven, E.A. Poe, E. Bronte, A. Turing o Van Gogh) nos encontramos con que el sufrimiento fue una constante en sus vidas. Por supuesto, estoy seguro de que para ellos la realización de las actividades creativas por las que cada uno ha pasado a la historia (la composición musical para Mozart y Beethoven, la escritura para Poe y Bronte, la lógica y la matemática para Turing o la pintura para Van Gogh) estaba plagada de felicidad, de otro modo, no creo que hubieran insistido en ello hasta el punto de acabar siendo los mejores en sus respectivos campos y que hoy en día los sigamos recordando con veneración>>

Tras este párrafo, mi idea era seguir con una demostración de cómo la creatividad había arruinado la vida de estas personas. Mi idea, por supuesto, no era acabar concluyendo que la creatividad era un mal en sí mismo y que por tanto había que renunciar a ella, sino muy al contrario, intentar dar consuelo a aquellos que se sienten aquejados por muchos de sus males poniéndolos en comparación con personajes que habían tenido sufrimientos parecidos, e intentarle dar de este modo algo de sentido a su malestar. La cuestión es que mi siguiente párrafo iba a ser el siguiente:

<<Sin embargo, no creo que el sufrimiento personal en sus casos pueda deberse a una simple casualidad. Dejando de lado sus circunstancias vitales, cuya importancia no desprecio, >>

Y aquí me he quedado, porque al escribir la frase acerca de las circunstancias vitales, me he dado cuenta de que ya no creía en lo que estaba diciendo. De repente me he dado cuenta de que mi argumentación hacía aguas y, aunque sigo creyendo que la creatividad puede afectar a la felicidad de una persona de una manera drástica (para mal, pero también para bien, por supuesto), reducirla únicamente a esta característica me parece de un reduccionismo por completo fuera de lugar. Así que he decidido descartar este artículo, al menos en el enfoque que le había dado en un principio. Quizá más adelante vuelva a abordar esta idea, pero entonces ya no será tal y como había pensado en un principio, sino añadiéndole lo que he aprendido de mi propia reflexión mientras escribía. 

No es la primera vez que me ocurre algo parecido. Como ya dije en otro artículo , la escritura es una manera fabulosa de ayudarnos a pensar. En ocasiones nos acercamos a ella con la intención de demostrar una idea pero, si somos lo suficientemente sinceros con nosotros mismos, nos encontramos con que no sólo no podemos demostrarla sino que el sentido común nos lleva a pensar que más bien lo correcto es lo contrario de lo que pensábamos en un principio.
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